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LAS DEMOCRACIAS AUTORITARIAS
Publicado el 19/07/2013
Por Aleardo Laría
Las condiciones mínimas para que la democracia no derive en franco autoritarismo son, esencialmente, la presencia de un Poder Judicial independiente que haga respetar los límites constitucionales; unos medios de comunicación que den voz a todas las expresiones políticas, y un Estado que no sea utilizado como herramienta facciosa al servicio del partido en el poder. Habría que añadir también, pensando en América Latina, el respeto a la periodicidad de los mandatos y, por consiguiente, a los partidos de la oposición como opción legítima de alternativa, sin que sean demonizados o sometidos a permanente descalificación.



No existe un modelo único de democracia. De igual modo que tenemos diferentes versiones del capitalismo, hay diferentes tipos de democracias. El que se ha impuesto en los países más avanzados es el modelo de "democracia liberal", donde el derecho a que gobierne la mayoría se conjuga con preservar los derechos políticos de las minorías. Cuando estos últimos no se respetan, estamos frente a las "democracias autoritarias". En este modelo, el partido que gana las elecciones accede al poder en forma legítima, pero luego utiliza todos los resortes del Estado para impedir o dificultar que la minoría pueda reconstituirse como nueva mayoría, frustrando así toda posibilidad de alternancia.

La diferencia entre uno y otro tipo de democracia se hace visible estos días en el dramático conflicto que tiene lugar en el país del Nilo. El caso de Egipto es aleccionador para los países de América Latina porque muestra, en un escenario distante pero bien iluminado, lo que acontece cuando un presidente, basado en una mayoría electoral, pretende "ir por todo". En el mundo árabe, las visiones del fundamentalismo religioso son las que pretenden imponerse a todos los ciudadanos, aun a los laicos. En el caso de América Latina son visiones ideológicas aparentemente laicas pero que están asentadas en la misma estructura maniquea del mesianismo religioso.

Los sistemas democráticos, para superar cualquier test de calidad, deben garantizar la alternancia pacífica en el poder. Como señala Ignacio Torreblanca, en referencia al país árabe, "se prueba, una vez más, que la democracia sin liberalismo lleva al autoritarismo, es decir, que la democracia no consiste sólo en que gobierne la mayoría, sino que los derechos políticos de los individuos estén por encima del juego de mayorías y minorías de tal manera que la pérdida de las elecciones sólo signifique la pérdida del poder, pero no del catálogo de derechos políticos esenciales del que todo ciudadano debe disfrutar".

Las condiciones mínimas para que la democracia no derive en franco autoritarismo son, esencialmente, la presencia de un Poder Judicial independiente que haga respetar los límites constitucionales; unos medios de comunicación que den voz a todas las expresiones políticas, y un Estado que no sea utilizado como herramienta facciosa al servicio del partido en el poder. Habría que añadir también, pensando en América Latina, el respeto a la periodicidad de los mandatos y, por consiguiente, a los partidos de la oposición como opción legítima de alternativa, sin que sean demonizados o sometidos a permanente descalificación.

Una de las mayores interferencias para el correcto juego democrático reside en esta deslegitimación permanente que se hace del adversario político, con el evidente propósito de justificar la conservación "eterna" del poder. Al considerarse depositarios de una misión históricamente trascendente, los gobiernos populistas de la región adoptan un discurso mesiánico, en virtud del cual simulan emular las luchas patrióticas por la independencia que tuvieron lugar a principios del siglo XIX. No es fruto de la casualidad que el presidente Hugo Chávez se considerara heredero directo de Simón Bolívar o que la presidenta Cristina Fernández esté convencida de que si Belgrano viviera sería kirchnerista.

Estos abusos retóricos están ya muy gastados porque obedecen a las visiones ideológicas de las religiones políticas del siglo pasado. Conservan una cierta utilidad para mantener galvanizada la moral de los propios partidarios, pero tienen el inconveniente de que a fuerza de ser repetidos terminan ilusionando engañosamente a los propios autores del relato. Las consecuencias prácticas son visibles en la Argentina, donde la elevada torpeza en la gestión macroeconómica guarda relación directa con el autoconvencimiento de que se está llevando a cabo una gesta patriótica. Los vapores etílicos del relato no ayudan a identificar los problemas reales de la política y de la economía.

Esta deriva autoritaria de algunas democracias está encontrando límites en lo que ha dado en llamarse "la rebelión de las clases medias". Existe en los jóvenes de clase media, usuarios de las nuevas tecnologías de la comunicación, una mayor información y una mejor comprensión de la naturaleza del poder. Como no están influenciados por las ideologías decimonónicas, su mirada es esencialmente pragmática, dirigida a evaluar los resultados. Estas clases medias sienten natural aversión frente a los reflejos autoritarios de los gobiernos populistas.

Las visiones del fundamentalismo religioso han propiciado la implantación de democracias autoritarias en el mundo árabe que se enfrentan ahora a la resistencia que oponen las modernas clases medias. En América Latina, las religiones populistas son más livianas y han perdido el espíritu sacrificial del fundamentalismo. Por consiguiente, es muy probable que aquí en la región los conflictos políticos no deriven en enfrentamientos sangrientos como en el mundo árabe y puedan resolverse de modo pacífico, si bien estarán sujetos a fuertes turbulencias.

Mientras existan partidos, movimientos o líderes que se consideren depositarios de una misión histórica que les lleva a desatar una lucha desenfrenada por mantenerse en el poder, el riesgo de una fractura social y política grave está latente. Sin embargo, al menos en la Argentina, las dolorosas consecuencias de los duros enfrentamientos del pasado reciente permiten ser optimistas y llevan a pensar no sólo que habrá alternancia, sino que además será, para bien de todos, agitada pero pacífica.



Fuente: www.rionegro.com.ar
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