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EL SERVICIO EXTERIOR DE LA NACIÓN EN EL SIGLO XXI ¿AVANCES O RETROCESOS?
Publicado el 12/02/2011
Por Constantino Roblas
A principios de enero de 2011, cuando promediaba la redacción de estas líneas y ya había elegido el título encontré en Internet una publicación del APSEN, la asociación profesional que reúne a la mayoría de los diplomáticos argentinos de carrera, en su página web (http://www.apcpsen.org.ar), cuyo título era el de un seminario llevado a cabo en la cancillería el 29 de septiembre de 2009: “Las cancillerías y los diplomáticos del siglo XXI enfrentando nuevos desafíos”.

Ese encuentro se llevó a cabo hace casi un año y medio, en un auditorio del ministerio de relaciones exteriores y fue presentado por el presidente del APSEN, embajador Alberto Davérède. El seminario contó entre sus oradores con la presencia destacada de tres embajadores extranjeros, del canciller argentino de entonces, Jorge Taiana, del profesor Juan Gabriel Tokatlián, del embajador argentino retirado Albino Gómez y de diplomáticos argentinos de carrera con funciones en Buenos Aires y en el exterior.

Mi satisfacción fue doble, primero porque la visión académica de los desafíos que presenta la política internacional actual en las palabras reflexivas y formadoras de Tokatlián, así como las experiencias atractivas de un embajador y periodista como Albino Gómez, siempre enriquecen al interesado en estos temas. Segundo, porque comprobé que esta iniciativa del APSEN y las disertaciones de los embajadores extranjeros, en especial la de los representantes de Alemania y Brasil en la Argentina, Günther Kniess y Fernando Reis, se relacionan en forma directa con la inquietud que dio origen a estas líneas para Escenarios Alternativos.

El diplomático alemán, además de ser embajador en Buenos Aires hace dos años, viene de ser el director del equivalente del ISEN en Berlín, y confirma en su exposición, como ya se sabía, que Alemania no tiene actualmente ni un solo embajador político, además de proporcionar interesantes pautas sobre la selección y capacitación de los diplomáticos alemanes. Fernando Reis es el director del Instituto Rio Branco, la usina de los diplomáticos de carrera de Itamaratí. Al respecto cabe recordar que actualmente Brasil, ejemplo más cercano a nosotros en la geografía y en el grado de desarrollo, tampoco tiene ni un solo embajador político y por eso es citado al comienzo original de este trabajo.

Pero sería injusto dejar de mencionar al otro invitado extranjero, el embajador indio Kishan Rana, quien se desplazó a Buenos Aires especialmente para ese seminario y tiene experiencia en cuestiones relativas al manejo de los recursos humanos de la cancillería india.

Propósito de este artículo

El objetivo de este aporte tiene por finalidad tratar de responder la pregunta del título a la luz de una visión quizá subjetiva, personal del estado actual del servicio exterior argentino de carrera frente al poder político, pero nutrido con datos objetivos de este y otros países y con la vista puesta en un año electoral. La idea subyacente, es la de orientar en la medida de lo posible a los actuales y futuros decisores políticos sobre aspectos que se consideran relevantes en lo relativo a nuestra política internacional y su herramienta esencial, la diplomacia profesional argentina.

Es que si la política exterior argentina, la de este y la de futuros gobiernos en el siglo XXI, se enuncia con claridad y realismo pero desconoce y desaprovecha a su herramienta por excelencia, el servicio exterior de carrera, ya podríamos responder, en términos generales a la pregunta planteada en el título: habrá más retrocesos que avances en un mundo que reconoce y valora cada vez más el conocimiento y la profesionalización en todas las ramas de actividad mientras que observa con diplomática indulgencia a los improvisados y advenedizos que carecen de un background mínimo, acorde a la función encomendada.

Algunos ejemplos incómodos

Los embajadores argentinos en los cinco países limítrofes proceden de la política y no de la carrera diplomática, algo inédito en varias décadas de nuestra historia diplomática contemporánea. Más aún, los representantes argentinos en todos los países sudamericanos menos en uno, Ecuador, son políticos.

Ni el llamado “gobierno del proceso”, inconstitucional y violento, ni los gobiernos constitucionales de Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rua y Eduardo Duhalde ostentaron ese récord. Todos tuvieron embajadores políticos en América del Sur pero ninguno esa cantidad y sobre todo en los cinco países limítrofes a la vez.

La razón que más se escucha siempre a la hora de justificar las preferencias por los “embajadores artículo 5°”, como se los conoce según la cláusula de la Ley 20.957 que los contempla, es que “se necesita tener hombres de confianza” en ciertas capitales. Si le damos a semejante afirmación la categoría de silogismo, ello vendría a significar entonces que el Poder Ejecutivo no confía (o confía menos) en los embajadores de carrera para los puestos más sensibles de nuestra política exterior, porque no los conoce o porque no los ve “jugados” por su proyecto político.

Hay otra razón que suele argumentarse para las embajadas políticas, en especial desde las privatizaciones masivas de los 90, cuando el Estado se quedó con menos empresas públicas para darlas en administración a los políticos amigos, y es que esos embajadores tienen “mayor cintura política” para ejercer la diplomacia, sobre todo con los presidentes amigos de nuestra región. Es un dudoso principio que pasa por alto la experiencia negociadora, la flexibilidad y el tacto de funcionarios con dos, tres y hasta cuatro décadas al servicio de su país en el exterior, tratando con todo tipo de presidentes, cancilleres y otros líderes mundiales, aparte del conocimiento del inglés, hoy en día la lengua franca en todo el mundo para cualquier actividad, cuyo conocimiento no se halla tan generalizado entre los embajadores ajenos a la profesión diplomática.

Para dar un ejemplo y según relatos, a veces la transformación de un político en “embajador artículo 5°” nace de la negativa oficial, por el motivo que sea, de prorrogarle el apoyo a un legislador para que aspire a otro mandato en el Congreso, y el primer “consuelo” a mano es enviarlo a una embajada para cumplir funciones para las que no está preparado. No puede generalizarse ni prejuzgar que a ese político devenido embajador le va a ir necesariamente mal en su nuevo cometido, ya que se conocen casos en los que la desenvoltura ha sido muy satisfactoria, sobre todo en misiones complicadas y de alto vuelo profesional. Pero según cuentan los diplomáticos, hay otros en los que el desconocimiento de la función y hasta el rechazo del nuevo funcionario a ciertas normas elementales, propias de su nueva misión, lo transforman en una persona muy limitada que no solo podrá desilusionar a sus interlocutores del país de destino sino que suele frustrar a los funcionarios subalternos de la propia embajada argentina pertenecientes a la carrera, que intentarán disimular las limitaciones de su nuevo jefe, cuando no soportar sus desplantes y su desconfianza. Es que una de las primeras cosas que solicita un embajador político a las autoridades de la cancillería, según se ha relatado, es poder “llevarse una persona de confianza”, algo que no solo no suele estar contemplado en las normas presupuestarias del ministerio sino que tampoco ayuda realmente a la función cuando el “asesor” comparte ciertas limitaciones con su jefe político.

En definitiva sería interesante conocer cómo explicarían quienes sostienen los argumentos de la “confianza” o la “ cintura política” para elegir embajadores políticos, el hecho que el Brasil de Lula –y ahora de Dilma Rouseff-- o la Alemania de Angela Merkel, por citar un país europeo dirigido por una mujer, tengan al frente de sus embajadas más sensibles, incluidas las de países limítrofes, a embajadores de carrera. Va de suyo que ni la flamante presidenta de Brasil ni la canciller federal alemana conocen a todos sus embajadores, pero es que además de contar desde hace décadas con un alto respeto institucional por la carrera diplomática, se dejan guiar por sus ministros o viceministros de relaciones exteriores (estos últimos siempre de carrera) a la hora de elegir a sus embajadores y parece que no les va tan mal..

Algunos podrán decir que el de Brasil es un caso “extremo” de profesionalización diplomática, no sólo porque hoy en día el cien por ciento de sus embajadores pertenece a la carrera diplomática, sino porque es frecuente que su propio canciller sea un embajador de carrera. Por citar de nuevo a Lula, este ex presidente tuvo durante ocho años como canciller al experimentado profesional Celso Amorim, que antes de Lula también había sido canciller en los 90 con el presidente Itamar Franco. Por su parte Dilma Roussef ha elegido a otro embajador de carrera como canciller, Antonio Patriota, hasta diciembre último secretario general (viceministro) de la cancillería brasileña y antes jefe de misión en Washington.

En el caso de Alemania, el ministro de relaciones exteriores no es un embajador de carrera aunque es el ministro más importante del gabinete, ya que es el jefe del segundo partido de la coalición de gobierno y viceprimer ministro, lo que habla de por sí de la importancia que las relaciones exteriores tienen para Berlín. Sin embargo, hace años que todos los embajadores germanos pertenecen a la carrera y por supuesto, como en el caso de Brasil, todos sus cónsules generales son de carrera. En estos y otros países avanzados institucionalmente, ni se discute que un cargo técnico como el consular deba pertenecer a un funcionario de la carrera.

Esa abrumadora preferencia por los embajadores de carrera es imitada por la mayoría de los países europeos y Japón, entre otros.

¿Carecen los embajadores brasileños o europeos de “cintura política” para tratar con gobiernos de países limítrofes? ¿Desconfían sus jefas de gobierno de los embajadores de carrera aunque no los conozcan cuando asumen el poder? La respuesta a ambas preguntas parece ser un no rotundo. Son países en los que –como la Argentina-- el Estado invierte recursos financieros en la formación de sus diplomáticos profesionales y son consecuentes con esa inversión a la hora de elegir a la mayoría de sus representantes externos, en especial los que irán a los destinos “más sensibles”.

Se podrá decir, por el contrario, que la primera potencia mundial, Estados Unidos, no suele tener una abrumadora mayoría de embajadores de carrera ya que allí el presidente designa generalmente un buen número de embajadores políticos, en especial para premiar a quienes lo apoyaron en la campaña electoral. Es cierto, aunque es un caso muy aislado, entre los países más desarrollados, que opta por embajadores políticos.

América del Sur

Según se ha investigado, en nuestra región son varios los países que optaron por preparar a los funcionarios diplomáticos profesionales en academias dependientes de sus cancillerías. Se invierten recursos en los propios aspirantes a diplomáticos, ya que éstos suelen tener dedicación exclusiva, y en los profesores universitarios que los forman. Los futuros diplomáticos son profesionales universitarios que hablan por lo menos uno o dos idiomas extranjeros, han pasado por un severo concurso de oposición y han cursado un par de años de estudios con asignaturas propias de la función diplomática. Ejemplos de estos servicios exteriores “profesionales” son Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay. Estos países, aún cuando designen embajadores políticos, han legislado que los demás funcionarios de la embajada, desde el “número dos” hasta el último secretario, hayan egresado de esos institutos de formación.

Se puede entender entonces el sentimiento de frustración que embarga a los diplomáticos profesionales, sobre todo a los más antiguos, los cuales, además de un nutrido curriculum vitae, están fogueados luego de décadas de servicio a su país y de conocimiento del mundo y deben obedecer órdenes de jefes a veces muy limitados y en ocasiones ser acosados laboralmente por ellos. No debe olvidarse que estos jefes de misión deben, incluso, calificar anualmente a sus subalternos (quneu no todos lo hacen) y que esas calificaciones se envían a la cancillería y suelen incidir en los ascensos.

Por las razones apuntadas y nuevamente para responder a la pregunta del título, la preferencia por los servicios exteriores profesionales, con gran mayoría de embajadores egresados de los institutos de formación de sus cancillerías, constituye un indudable avance que debería acrecentarse y no frenarse.

Por el contrario, en otros países, aunque algunos cuentan con un instituto formador de diplomáticos dependiente de sus cancillerías, casi todos sus embajadores y funcionarios subalternos son elegidos “a dedo” con cada cambio de administración, desaprovechando los cuadros profesionales formados en sus cancillerías, todo lo cual se encamina a la destrucción de la carrera diplomática, lo que no parece importar.

Datos desconocidos de nuestra historia diplomática reciente

Según relatos de los memoriosos, a fines de 1983, cuando la Argentina se aprestaba a producir el traspaso del poder del último gobernante militar al presidente electo en las urnas el 30 de octubre de ese año, algunos temían el cierre del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN), centro de selección y formación de los diplomáticos profesionales argentinos desde 1962.

Esos temores tenían un fundamento cierto: poco después de creado el ISEN y ya durante el gobierno del Dr. Arturo Illia, siendo canciller el Dr. Miguel Angel Zavala Ortiz, en 1964, el Congreso sancionó la ley 16.486 que estableció que “sólo ordinariamente” y no ya “exclusivamente” se ingresaría al servicio exterior por la categoría inferior, pudiendo llenarse sin concurso público hasta el 40 % de las vacantes existentes en las categorías más bajas del escalafón. Ello hizo que a comienzos de 1964 no se llamara a concurso para la que debería haber sido la segunda promoción del ISEN. Esos memoriosos recuerdan que el tema fue seguido por la prensa y quien fuera el primer director del ISEN, el embajador Roberto Levillier, renunció en protesta de esa interrupción.

La Argentina es un país muy dado a maniqueísmos políticos y a generalizar todo como bueno o malo dependiendo de dónde o de qué época proceda, lo cual conduce a serios errores que no se corresponden con el rigor y la objetividad. Ese defecto es extensivo a la historia de nuestra diplomacia profesional, pero hay que decirlo aunque moleste: fue un gobierno de facto, el del General Juan Carlos Onganía, con el canciller Nicanor Costa Méndez, el que a mediados de 1966 dictara una nueva ley que retrotrajo el ingreso al ISEN a su estado anterior y estableció que “el ingreso al cuadro permanente del Servicio Exterior de la Nación se efectuará exclusivamente por concurso y por la Categoría de Agregado y Vicecónsul”, categoría hoy inexistente pero que en aquel entonces era la inicial de la carrera.

Felizmente los tiempos de profundos rencores y “vendettas” plasmadas en decretos y leyes de prescindibilidad por razones políticas han pasado. Desde diciembre de 1983 “la Casa” aventó rápidamente los temores insinuados luego del triunfo radical de octubre de ese año: no sólo se mantuvo el ISEN, posibilitando hasta hoy la formación y egreso de otras 26 promociones de diplomáticos, sino que con el retorno a la democracia se procedió a reincorporar a funcionarios que habían sido separados de la carrera por razones políticas durante los gobiernos militares pero también durante un gobierno constitucional, el de 1974, durante la gestión del canciller Alberto J. Vignes.

Durante el gobierno de Alfonsín, entre 1983 y 1989, y el de Carlos Menem, entre 1989 y 1999, fueron llamados a ocupar cargos de responsabilidad en la cancillería y en el exterior destacados diplomáticos de carrera de signo político distinto al del gobierno de turno. Los cancilleres Dante Caputo, durante el gobierno de Alfonsín, y Guido di Tella, durante el gobierno de Menem, promovieron y designaron embajadores peronistas y radicales, respectivamente, práctica que continúa todavía hoy, en que embajadores de carrera de extracción radical son jefes de misión.

Asimismo, también hay que recordar, aunque moleste a algunos, que muchos de los funcionarios de carrera más capaces y destacados de los últimos años ingresaron al ISEN o egresaron de él durante gobiernos militares. De esta manera la primera y única embajadora de carrera de sexo femenino que llegó a ser canciller de la Argentina, la Dra. Susana Ruiz Cerutti –al final del gobierno de Alfonsín--, egresó del ISEN con medalla de oro durante el gobierno de Onganía. Es de imaginar que la cancillería argentina, en especial en el ámbito del derecho internacional, habría perdido mucho si aún prevalecieran aquellos criterios ideológicos y maniqueos y se hubiera separado del ministerio a esa funcionaria por la sola “mancha” del año de su egreso del ISEN. Pero ella es sólo una muestra, entre numerosos casos de funcionarios formados de 1966 a 1973 y de 1976 a 1983 que llegaron a ocupar altos cargos en la cancillería e importantes embajadas en el exterior desde diciembre de 1983 hasta la fecha.

Embajadores políticos y de carrera: irregularidades comunes

A pesar de lo dicho al principio sobre los embajadores políticos destinados hoy en países limítrofes y sudamericanos y si bien los jefes de misión ajenos al servicio exterior profesional hoy no son tan “excepcionales” como cabría desear, la mayoría de los embajadores son de carrera.

Asimismo, aunque pareciera sugerirlo el comienzo de este trabajo, no se trata de diferenciar de forma maniquea los “embajadores políticos” de los “de carrera” demonizando a los primeros, ya que hay aciertos y errores comunes a ambos. Hay que decirlo: la madurez institucional traducida en la preferencia por la profesionalización del servicio exterior no garantiza de por sí una superioridad absoluta de unos sobre otros. Ambos tienen defectos y cometen irregularidades, en la Argentina y en otros países. Entre nosotros, según relatos, han tenido lugar las siguientes:

- Malversación de fondos: la tentación de falsear la contabilidad pública en embajadas y en puestos de cierta responsabilidad en la cancillería para sacar tajadas en metálico no es exclusiva de los embajadores políticos. Hace tres años la cancillería denunció un caso de corrupción en la concesión de franquicias a los automóviles de los diplomáticos extranjeros acreditados en la Argentina, función que estaba a cargo de un funcionario del servicio exterior profesional, lo que recibió amplia cobertura de prensa. Pero también circula información sobre casos de graves manejos irregulares de los fondos públicos girados a embajadas en el exterior a cargo de funcionarios políticos que sin embargo no han sido denunciados. Los funcionarios de carrera que secundan a estos embajadores y que no desean comprometer su carrera, suelen alejarse de esas sedes sin efectuar la denuncia correspondiente por temor a represalias, con lo cual es de suponer que los ilícitos continuaron produciéndose y por eso no salen a la luz pública como el caso de las franquicias de los automóviles.

- Diplomacia paralela: no es nueva y existió siempre. En los años 90 un alto funcionario de la Presidencia de la Nación efectuaba viajes al exterior con cometidos específicos instruidos por el presidente, aunque los países que visitaba contaban en cada caso con un embajador argentino asistido por funcionarios subalternos que, en principio, habían sido designados por el mismo presidente y recibían un sueldo del Estado para hacer el mismo trabajo. La diferencia estriba en que una cosa es duplicar esfuerzos en la realización de gestiones y otra, muy distinta, es investigar si además se privilegiaron empresas y se cobraron elevados retornos.

- Mobbing: la figura del acoso laboral fue introducida en la cancillería argentina en 2008 y la prensa ya divulgó una sonada denuncia que involucra a una sensible embajada en América del Sur, a cargo de una persona ajena a la carrera diplomática. Sin embargo debe reconocerse que esta clase de acoso también ha sido practicada desde hace tiempo por algunos funcionarios de carrera sobre funcionarios que no se animan a la denuncia o al enfrentamiento con su superior por miedo a represalias futuras. Aparte de la amenaza subyacente del regreso forzado a la Argentina, no debe olvidarse que los miembros de la junta calificadora que asesora al canciller sobre ascensos y sanciones se integra por mayoría de embajadores de carrera.

Hay otra clase de acoso, más extendida, que no necesita mencionarse y que, según relatan, es común en nuestro medio y en otros países.

Estas irregularidades, entre otras, deben anotarse en el pasivo del servicio exterior de excelencia que se desea y que merecen las naciones institucionalmente más desarrolladas, más allá del origen profesional de los embajadores. Es decir, constituyen un serio retroceso y debería propenderse a su eliminación o castigo y no al silencio cómplice, sea quien sea el funcionario investigado o responsable. Su amplia difusión en la prensa ya en la etapa de investigación es harina de otro costal, algo que personalmente no me parece necesario ni decoroso. En este sentido, no escapará a la consideración del lector que el “disparo” de semejantes noticias en la prensa nunca es accidental sino que siempre obedece a alguna motivación.

Carencias propias de ambos tipos de embajadores

Las irregularidades o abusos comentados son, quizá, más graves que otras carencias que suelen atribuirse con mayor frecuencia a los embajadores políticos aunque no son patrimonio exclusivo de estos. Una de ellas es el conocimiento de idiomas extranjeros.

Los funcionarios del servicio exterior profesional están obligados a conocer, como mínimo, el idioma inglés, aunque se valora el conocimiento de idiomas adicionales y no son pocos los funcionarios que conocen tres o más idiomas extranjeros pero el inglés es condición inexcusable para acceder al servicio exterior profesional, requisito bastante comprensible ya que hoy día es imposible moverse por el mundo sin conocer la lengua franca por excelencia. Es aquí donde se produce una diferencia cualitativa notable respecto de los embajadores políticos ya que normalmente la mayoría de estos, aún cuando posean título universitario, no habla inglés. Prueba de ello es que la mayoría de los embajadores políticos –no todos-- se hallan en países de habla hispana.

Sin embargo, así como hay embajadores políticos que hablan inglés o aún francés, la anterior lengua diplomática, a veces por estudios realizados en países anglosajones o francófonos, también hay funcionarios de carrera con serias dificultades para expresarse en inglés.

Como excepción de lo expresado, debe subrayarse, para ser justos, un dato poco frecuente y es que hoy dirige nuestra representación ante un país con serios problemas estructurales, ambientales y políticos un embajador político, y que en ese país, además, el idioma vernáculo no es el castellano. A esto se suma la embajada ante un país del Medio Oriente también dirigida por un político. Esta última era una región ante la cual, hasta la designación de ese embajador político, todas nuestras representaciones estaban a cargo de embajadores de carrera. Pero también en tiempos de Alfonsín y de Menem hubo embajadas en países del Medio Oriente a cargo de funcionarios políticos.

Otro defecto común, que pueden padecer por igual embajadores de carrera y de los otros, es confundir la prudencia que debe guiar siempre el accionar diplomático, con la más pedestre cobardía. Hay jefes de misión a los que les cuesta horrores tomar decisiones, algunas de las cuales ni siquiera comprometen la relación bilateral con ese país. En otros casos, según relatos, esa falta de valor para tomar decisiones quizá podría molestar un poco al Estado receptor aunque se encuadren perfectamente en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1963 y obedezcan al criterio de reciprocidad, piedra basal de las relaciones diplomáticas, que sin embargo inmovilizan, a veces, a embajadores profesionales o políticos.

Pero hay una carencia muy común entre los embajadores políticos, inexistente, por razones obvias, entre el personal de carrera y es el conocimiento y práctica de ciertas normas elementales de protocolo de la diplomacia universal. Mientras buena parte de embajadores políticos acepta de buena gana las sugerencias que con tacto tratan de transmitirles sus subalternos profesionales, se ha sabido que otros rechazan airadamente tales sugerencias. Son normas elementales como la ubicación en la mesa, la formación de la fila de funcionarios de mayor a menor rango en las recepciones de la embajada, la necesidad de hacer visitas a otros embajadores acreditados en el país de destino una vez que han presentado las cartas credenciales y la conveniencia de ofrecer, de tanto en tanto, comidas o recepciones para corresponder atenciones y para informarse, son rechazadas con desdén por algunos embajadores políticos. Como ya se dijo, estos últimos no se dan cuenta, quizá, que así provocan, aunque no lo admitan, un menoscabo del país que representan, sobre todo en los países más desarrollados, donde la diplomacia profesional es casi excluyente y esas diferencias se notan más.

La prensa, un problema aparte

Hay un problema que parece haberse agudizado en los años recientes: el exagerado temor a la prensa, sobre todo la nacional, cuando no el rechazo a tomar contacto con ella, muchas veces por instrucción superior, aunque realmente no todas se justifican.

Del seminario que comenté al principio tomé nota de un párrafo de la exposición del embajador retirado Albino Gómez, diplomático de carrera y periodista argentino de dilatada trayectoria en ambas profesiones. Decía el embajador Gómez al finalizar su intervención: “habiendo pasado la mayor parte de mi vida profesional en el ejercicio de la diplomacia y el periodismo que tienen –mutatis mutandis—muchos puntos de contacto en común, entre ellos dos herramientas fundamentales: la información y la palabra, es necesario tener en cuenta que una buena relación –respetuosa y confiable—entre quienes ejercen una y otra profesión, va a rendir con toda seguridad excelentes frutos personales y profesionales”.

Más claro, agua, pero quizá sólo para el embajador Gómez y algunos otros diplomáticos, no para todos. Por inseguridad personal o, en el último tiempo, más por instrucción de muy arriba, la prensa parece haberse transformado en un monstruo mitológico agresivo y engañoso que sólo busca atraer para luego destruir al funcionario en cuestión o, por extensión, al gobierno de turno.

Se conocen casos de embajadas en el exterior a las que se ha reprendido severamente al funcionario desde la cancillería por haber accedido al diálogo con medios orales o escritos de nuestro país para comentar temas que ni remotamente comprometen la política exterior argentina ni la relación bilateral con el país en cuestión. Esa postura particular, ese temor exagerado a la prensa nacional (ya que parece advertirse menos frente a la prensa extranjera) no sólo revela un desconocimiento del significado de la atinada reflexión de Albino Gómez, sino un burdo menoscabo de la preparación elemental que se espera de todo funcionario diplomático de experiencia para tratar con la prensa. Es verdad que nadie está exento de cometer errores y que a veces la prensa logra su cometido de lograr declaraciones no deseadas de un funcionario, o saca frases de contexto. Pero no por eso debe excluirse totalmente un contacto que, con la debida prudencia y bien manejado, debería ser frecuente y sirve a las dos partes.

Una vez más volvemos a la pregunta del título para decir con toda convicción que ese temor exagerado, cuando no un rechazo instruido a la prensa (nacional) constituye, a todas luces, un retroceso que, como tal, debería corregirse en un sistema pluralista y con gente calificada de la carrera y de la política, a la que no debería subestimarse tanto.

La política contingente vs. la diplomacia profesional ante la información

Algo que puede pasar desapercibido porque se produce en contadas embajadas, según se ha podido saber, es el de la disparidad de criterios entre el jefe de misión y sus subalternos a la hora de cumplir con una función primordial de una embajada en el exterior: la de informar veraz y objetivamente a la cancillería sobre la situación en el país de destino, por más negativa que ésta sea.

Esa disparidad de criterios parece más común en embajadas dirigidas por una persona ajena a la carrera y generalmente sucede por razones ideológicas, por “amiguismo” con el país de destino, o por una combinación de ambas.

En las cancillerías de todo el mundo existe una norma, escrita o no, sobre la obligación de las embajadas de informar la realidad del país de destino. Es algo que no se obtiene siempre de los funcionarios oficiales o de los medios de prensa estatales, ya que hay países con monopolio oficial de la información. En esos casos, el diplomático puede y debe tomar contacto con colegas de otras embajadas, con corresponsales extranjeros acreditados en ese país y a veces, de la manera más discreta posible, con la disidencia, para conocer hechos, versiones y opiniones que informará encomillados y en cables reservados a la cancillería. Pero informar hay que informar y si la situación por la que atraviesa determinado país lo amerita, se enviarán a cancillería tantos cables “negativos” como sean necesarios.

Esas diferencias no siempre se suscitan sobre aspectos políticos o ideológicos. Según pudo saberse, a veces el “veto” del jefe de misión puede involucrar asuntos económicos y comerciales cuyo ocultamiento puede perjudicar serios intereses de nuestro país o a sus empresas privadas, a las que la embajada argentina, en principio, debe defender. Y a veces no es un cable la manzana de la discordia: cuando se producen visitas de funcionarios o empresarios argentinos a un país determinado y se pide a los funcionarios profesionales de la embajada su opinión sobre la situación, siempre que el tema no sea reservado el diplomático debe informar objetivamente, sobre todo cuando le consten personalmente determinadas situaciones.

Resulta innecesario señalar que la veracidad y la objetividad en la información a las cancillerías va a ser siempre un avance que debe ser defendido por la cancillería, mientras que su ocultamiento por razones ideológicas o de amiguismo será siempre un retroceso en el servicio exterior de todo país serio, previsible y pluralista.

Apuntes finales

Además del objetivo enunciado al principio, este artículo ha intentado trazar una especie de radiografía, más o menos detallada, de la situación operativa de la diplomacia argentina del siglo XXI y de lo que se considera que puede mejorarse. Aunque haya podido parecer sobre todo una comparación entre funcionarios políticos y profesionales de la diplomacia, se verá que el inventario de situaciones ha superado ese enfoque. Por otro lado, la brevedad deseada y otras razones que no requieren ser explicadas por la delicada materia que se trata han impedido, posiblemente, que la enunciación de situaciones y detalles haya sido más exhaustiva.

Iniciado el siglo XXI quedan pocas dudas que el grado de profesionalización del servicio exterior de un país es directamente proporcional a su desarrollo institucional. Cuanto más profesionalizada sea su diplomacia, mejor será la imagen de ese país en su relación con el mundo. Acrecentar esa institucionalidad debe ser un objetivo irrenunciable de todo país (y de todo gobierno) que realmente quiera integrarse a un mundo en el que la formación profesional se valora cada vez más que la militancia en el partido del gobierno.

Es gratificante conocer que algunos de los embajadores políticos defienden y hasta premian a sus funcionarios de carrera, interesándose personalmente por sus ascensos ante la junta de calificaciones o para ubicarlos en puestos atractivos cuando regresan a Buenos Aires. Pero son los menos, ya que parece ser que la mayoría de los jefes de origen político, aún con gran influencia ante el poder político, hacen su juego y no mueven ni un dedo a la hora de reconocer a quienes les han cuidado las espaldas y coadyuvado decisivamente al éxito de su gestión.

En ese sentido, si a eso se suman los embajadores de carrera que no pueden (o no quieren) ayudar a sus subalternos luego que estos han trabajado intensa y lealmente a su lado, se producen los casos de funcionarios que para lograr mejoras en su carrera apelan al apoyo político fuera de la cancillería, ya sea legislativo, partidario, eclesiástico o de otro origen. También hay funcionarios que no dependen de sus jefes directos para hacer una carrera rápida y en destinos atractivos ya que, con independencia de su capacidad, “portan apellido” o han contado siempre con un llamado telefónico oportuno a la cancillería por parte de algún “peso pesado”.

Los funcionarios que no hacen sus carreras en destinos multilaterales o de países centrales no tienen, aún con la misma capacidad y antecedentes profesionales, idénticas posibilidades de quienes logran ser trasladados a Nueva York, Ginebra o Washington, por citar sólo tres ejemplos. El bajo perfil, necesario para las reservadas gestiones diplomáticas, no ayuda siempre, y la función consular, aunque produce resultados tangibles en favor de compatriotas de carne y hueso, no “paga” como la diplomacia multilateral u otras misiones.

Sin embargo sigue habiendo funcionarios diplomáticos profesionales que, con o sin apoyos “externos”, continúan poniendo todas sus capacidades, antecedentes y una profunda vocación de servicio para la mejor representación y ubicación de la Argentina en el mundo y para asistir a sus connacionales en el exterior. Sus logros se ven menos porque no saben “venderse” o porque pasan con notable versatilidad de un destino de primer orden a otro exótico e invisible para el radar de la cancillería. Sin desmerecer a los especialistas, son los generalistas los boy scouts del servicio exterior de carrera, los que están “siempre listos” para cumplir todo tipo de funciones.

Entre los diplomáticos de carrera, tanto especialistas como generalistas, y los políticos, hay funcionarios honestos y corruptos. Pero “la Casa” no es tan grande y todo se sabe aunque la prensa no siempre se entere.

Más allá de la comentada cintura política, que en realidad pueden ostentar tanto funcionarios de carrera como funcionarios políticos, el signo distintivo de un diplomático debe ser siempre su incansable capacidad de tender puentes e impulsar el diálogo con sus interlocutores extranjeros. El lugar del diplomático debe ser siempre ese, encuadrado casi siempre en el bajo perfil.

En mayor o menor medida, es previsible que seguirá habiendo embajadores políticos. Si su número fuera siempre excepcional como pretende la Ley del Servicio Exterior de la Nación, será mejor para la imagen institucional del país y hasta para los funcionarios de carrera, en la medida en que muchas veces aportan una experiencia política útil y enriquecedora para la función pública.

Los diplomáticos profesionales, los que van a estar siempre cuando los presidentes, cancilleres y embajadores políticos pasen, son los que no deben dejar dudas a sus jefes y a los contribuyentes que pagan su sueldo, que debajo del traje y la corbata o la indumentaria femenina llevan puesta la camiseta argentina y defenderán siempre los intereses permanentes de la nación.

Llegado a este punto, imagino que el lector se habrá dado cuenta de cuáles son los avances y cuales los retrocesos para el logro de un servicio exterior funcional y óptimo, enunciados en este trabajo y en especial en estos últimos apuntes. Es de esperar que el decisor político actual y el del futuro, vinculados al ámbito de la política exterior, también los adviertan para que puedan impulsar los avances y frenar los retrocesos de esta herramienta fundamental, en la mejor defensa de los intereses de la Argentina en el mundo.
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