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LA DÉCADA KIRCHNERISTA, LEGADO Y FUTURO
Publicado el 24/09/2013
Por Vicente Palermo
Para empezar quiero recordar el origen de este encuentro. Se remonta a una invitación por Juan Tokatlian, quien me la formulara a partir de una especie de carta abierta mía dirigida a amigos kircheneristas vía Facebook – esa carta se llamaba “Mensaje a todos mis amigos-facebook kirchneristas (varios de los cuales son mis amigos desde mucho antes de que existieran el facebook y el kirchnerismo)”.

La carta invitaba a debatir y creo que es para eso que estamos aquí. Por eso hay dos cosas que no voy a hacer. No voy a intentar un examen global de lo que hasta ahora es una década kirchnerista, porque me temo que una perspectiva tan abarcadora entorpecería el debate. Y no voy a acometer la confección de una “lista de lavandería” porque el riesgo sería así aportar confusión y embrollo, más que otra cosa, al debate que deberíamos sostener, perdiéndonos en los vericuetos de políticas específicas.

De modo que voy a realizar un intento más limitado, que será el de volcar mis impresiones sobre la concepción del poder puesta en práctica durante estos años, y tratar de precisarlas. Quiero subrayar que en mi opinión al proceder de este modo estaré hablando de política, de palabras cargadas de vida, valores y conflictos; sostengo que las ideas y concepciones que expresan esas palabras le dieron forma a las acciones durante estos años.

Empiezo por donde creo que hay que empezar, por la Constitución de 1853. No digo nada nuevo afirmando que la constitución de 1853 es una constitución liberal. Pero en la política argentina contemporánea, esto tiene una importancia tremenda. Porque, quiero enfatizar que la constitución de 1994 no rompe con la tradición y la matriz del liberalismo de la constitución histórica. Lo que equivale a decir, ni más ni menos, que nuestros gobernantes, del partido que sean, están sujetos a una fuerte normativa, como es una constitución, y esa normativa, el principio primordial de obligación política, es liberal (aunque no únicamente liberal, por supuesto). El principio del poder limitado, así como la prevalencia de ciertos derechos individuales frente al estado, bajo el amparo de la ley, y por fin la igualdad ante la ley, son contenidos fuertemente liberales de nuestra constitución en boga. Agrego aquí el gobierno de la ley, y la limitación del poder mediante el poder, como principios que son más bien de troquel republicano.

Yo creo que con todo esto el kirchnerismo como política, identidad y gobierno está fuertemente peleado. No hace mucho, como simple ejemplo, pudimos leer a la procuradora general de la Nación, sosteniendo que la Corte debe considerar constitucional una ley porque fue sancionada por el Congreso y acompañada de gran consenso popular. Más allá de la ignorancia real o fingida (¿sabe que la Corte es tribunal de revisión constitucional de las leyes?) hay una idea muy nítida, de una voluntad política que se expresa mediante el ejercicio de un poder que no se divide, y que no admite controles.

De modo que hay, en términos generales, una incompatibilidad tendencial, pero expresada en una fuerte tensión, entre nuestro liberalismo constitucional y la concepción del poder kirchnerista. Y esto afecta a mis amigos kirchneristas y, dentro de ellos, a los que pertenecen a Carta Abierta, porque no son una excepción, ellos también, claramente, dan cuenta de esta tensión a cada paso.

Esta tensión entre constitución liberal y concepción del poder tiene dos raíces diferentes. Una de ellas se trata, diríamos, del patrimonialismo vulgar, que es común al ejercicio del poder en cualquier parte del mundo, aunque se pone de manifiesto de modos y alcances distintos. Y que es el que, por ejemplo, mostraron los Kirchner en su prolongada administración del gobierno de la provincia de San Cruz. En esencia considera el poder público como una propiedad señorial y a su ejercicio como algo no sujeto a escrutinio, y enderezado al beneficio de sus titulares, sea material o de otro tipo, como la acumulación de poder por sí mismo. Esta concepción – que tiene a la corrupción en el sentido actual y vulgar, por una de sus facetas, y no la más importante, pero sí la más fácil de identificar por el público y la más proclive a tratamiento de los medios – ha afectado al kirchnerismo de arriba hacia abajo en toda la pirámide política (la coartada más execrable es la de enriquecerse para hacer política ya que sin dinero esto sería imposible). La otra raíz – a la que llamaré aquí peronista – nos reza que la voluntad política precede a la ley, incluyendo la constitucional; la formación de un sujeto nacional popular está por encima de la ley y es, podría decirse en sí mismo constituyente. In extremis, el sujeto nacional popular es el soberano, la soberanía no se instituiría a través del complicado ritual democrático institucional de formación de la voluntad política, sino que daría paso a un permanente estado de excepción. Hay que decir que no se trata de una mayoría numérica, el sujeto nacional popular independe, en realidad, de las urnas. Esta segunda raíz es más importante e interesante que la primera; es fácil de entender que al involucrar culturas y sujetos políticos, proporciona unos parámetros para el vínculo entre política y ley que están fuertemente arraigados. Y no menos obvia es la mala convivencia de esta concepción con los principios liberales y republicanos; aun cuando no se violen abiertamente las leyes, o por lo menos las de rango constitucional, es dominante la compulsión a considerar que la voluntad política está por encima de las restricciones legales, puede dar forma a la letra legal a su antojo, o se mueve en un vacío institucional.

Me permito citar una digresión de un amigo (se dice el pecado pero no el pecador) que pertenece por derecho propio al campo nacional popular del kirchnerismo. Nos dice: “El rechazo a la acumulación de poder personal parece un gesto republicano razonable. Pero cuando ese criterio se transforma en rechazar construir poder estatal, poder nacional para ser un país en serio, es simplemente cipayismo. Es la ideología funcional al sistema imperial de dominación. Transformar a los países en municipalidades, con dirigentes políticos castrados.”.

Me temo que las cosas son mucho más difíciles y no hace falta sino leer entrelíneas para percibir la coartada para la acumulación de poder personal, o para justificar una acumulación tal que, aunque no le guste al autor de esas líneas, esté ocurriendo y lo coloque ante el dilema de construir poder estatal al precio de admitir que se acumule un poder personal o acotar el poder personal al precio de mantener un estado débil. Pero es un falso dilema. Podemos invertir los términos de la afirmación, y decir que construir poder estatal, poder nacional para ser un país en serio parece un propósito razonable, pero cuando la declaración de ese propósito abre camino a la acumulación de poder personal, es simplemente despotismo. Mejor dicho: es un pretexto para el despotismo, hasta porque hay una relación de suma cero entre acumulación de poder personal y construcción de poder institucional; en el fondo, la acumulación de poder personal destruye instituciones (como ha sido el caso).

Y es del tipo de coartadas tan frecuentes entre nosotros y tan características, en mi opinión, del espacio kirchnerista. De hecho, el kirchnerismo pretende que la acumulación de poder es, en Argentina, condición no ya de hacer política de largo plazo, sino de gobernar (hay testimonios de que Néstor Kirchner explicó en una reunión reservada que la Argentina es un país que se gobierna solamente en el filo: entre la ingobernabilidad y el autoritarismo puro y duro).

Aquí también el campo se divide, esta vez entre los pragmáticos – a quienes construir poder institucional les importa muy poco, pero emplean la coartada para robar y para mejorar sus carreras políticas – y los principistas, entre ellos en general los amigos de Carta Abierta, para quienes la construcción del poder personal, la construcción del carisma, la construcción de un sujeto político dotado de todo el poder supuestamente necesario y por tanto expuesto a toda la corrupción y los peligros que le son inherentes, es una necesidad, es el motor del proceso de cambio. Esa corrupción (en sentido lato del término, no ya en el sentido actualmente común) que le es inherente, o bien no despierta preocupaciones o bien es percibida como un mal necesario y menor.

Claro, basta observar unos cuántos casos históricos para advertir que el kirchnerismo es una versión atenuada de estos problemas. Después de todo, aun bajo protesta, el kirchnerismo acata, por ejemplo, la limitación constitucional a la reelección indefinida. Pero yo no tengo por qué conformarme con esto, y mucho menos dejar de señalar al espacio nacional popular del kirchnerismo que incurre, en el mejor de los casos, en una gran ilusión, que en el mejor de los casos se engaña a sí mismo.

Es una ilusión confiar en que la calidad de un proceso de transformación no se verá afectada por la concentración de poder que tiene lugar a lo largo del mismo. Esta concentración ha de tener consecuencias de corto y largo plazo. Aceptar lo que no debería ser aceptable no es pagar un precio por un bien, es pagar un precio por la corrupción de ese bien. A la ilusión antiliberal podría, lo sé, contraponerse una ilusión liberal, pero en nuestro caso sería un contrafáctico: estamos hablando de la década kirchnerista y es la acumulación de poder como proyecto en sí mismo, y como herramienta de política, lo que está en examen. Y esa acumulación antiliberal del poder está en la raíz de lo que yo entiendo como fracaso del ciclo kirchnerista. Su huella puede rastrearse fácilmente en lo que fue, desde un comienzo, la fuerte personalización del poder, la conducción presidencial de la política económica, que subordina la economía a los objetivos políticos partidarios, pasando por la relación con los agentes económicos – la colusión con individuos o grupos que crecen a partir de privilegios, la transfiguración de un Secretario de Comercio en un domador de circo, etc., hasta el desmanejo de la política exterior, que concentrada exclusivamente en manos presidenciales ha constituído una cadena de desatinos, y por fin el grado de concentración de poder institucional que las fuerzas kirchneristas en el Congreso gustosamente han permitido y reeditado. Para dar apenas algunas señales ilustrativas.

Con todo, otros tres ejemplos me parecen todavía más emblemáticos. El primero se refiere a la relación entre el líder, o la líder, y su séquito. Días pasados un especialista en opinión pública observaba que a la hora de designar candidatos en la provincia de Buenos Aires la presidente tuvo que optar por figuras casi completamente desconocidas como Martín Insaurralde o Juliana Di Tullio. Después de una década, nada menos que en la provincia de Buenos Aires, el conglomerado político oficial carece de nombres apropiados. Me parece que este episodio es ilustrativo de los problemas insalvables que enfrenta un poder que se aisla y configura un vacío a su alrededor, vacío mal llenado por personajes inexpresivos, ya que los expresivos y competentes no tienen lugar. El segundo es el de la corrupción del Indec. La relevancia de este episodio no puede ser exagerada. No solamente por sus efectos políticos y económicos sino por tratarse de una destrucción institucional con vastas repercusiones de largo plazo. Pero aquí se hacen presentes dos componentes de la lógica kirchnerista del poder: por un lado, la voluntad política predomina sobre las instituciones, al punto de poder arrasarlas; por otro, la arbitrariedad del poder se ejerce sobre los números, es el triunfo de la voluntad sobre las matemáticas. Y hablando de matemáticas, mi último ejemplo es muy fresco, se refiere al flamante video institucional del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, que conmemora el quincuagésimo quinto aniversario de su fundación. Aquí la aplanadora del poder se ejerce contra el pasado – ¿cómo podría admitirse que la institución fue fundada durante un gobierno de facto? ¿cómo podría reconocerse la inmensa tarea de recuperación que tuvo lugar durante el gobierno de Alfonsín? – y con una pizca de culto a la personalidad – para una trayectoria de 55 años, los Kirchner aparecen como los únicos héroes.

En el fondo, para cerrar, quiero decir que detrás de esta concepción anida una idea que ha estado en la retórica kirchnerista desde un comienzo: la de la primacía de la política. Se ha hecho flamear esta bandera con toda despreocupación, como si fuese autoevidente que la primacía de la política es un bien. Sin embargo, la utopía de la primacía de la política es tan peligrosa como las utopías del mercado, de la sociedad sin política, o del gobierno de las reglas.

En mi opinión, tomando en cuenta esta dimensión del gobiernos kirchneristas, el saldo de la década es negativo y amargo; pero la Argentina ha hecho, en democracia, una experiencia más de la cual extraer aprendizajes útiles a futuro. Yo pondría ese aprendizaje en las siguientes palabras: un poder democrático y limitado nos cuidará mejor de los excesos, corrupciones, radicalizaciones, errores de todo tipo, que un poder cuasi despótico, que fue la opción kirchnerista. A los que queremos luchar por hacer más probable que nos gobiernen representantes más responsables, nos espera sin duda una tarea ardua, porque la incómoda coexistencia entre una normativa liberal constitucional y una cultura política antiliberal es un rasgo fuerte de la política argentina contemporánea.



Fuente: Club Político Argentino
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